El marco en el cual se desenvuelven las interacciones en La Maison buissonnière refuerza los lazos de apego, permitiendo así el arribo de la separación.

El recién nacido no es psicológicamente diferente de su madre. Si del punto de vista de un observador externo hay dos personas, del punto de vista interno del niño solo hay una. Los estados emocionales de su madre, al igual que su olor, sus brazos, su voz, forman parte de él. En ese sentido, emprende desde el nacimiento una doble tarea, primeramente diferenciarse de su entorno en tanto que unidad psicosomática bien definida, y en segundo lugar diferenciarse de su madre, su padre y de la gente cercana que aprende a ver como personas distintas a él y en quienes puede confiar. Este proceso es largo y debe ser muy progresivo, siguiendo el ritmo de las capacidades que van emergiendo. Si por cualquier razón, su entorno es deficiente y no le aporta un soporte en el momento y forma adecuados (por ejemplo, alimentarlo cuando tiene hambre pero no demasiada), perturbaciones importantes pueden emerger.

Según Winnicott, para que él pueda entrar en contacto con el mundo en tanto que persona, los cimientos del Yo del bebé deben encontrar sus bases en una experiencia muy singular: ser capaz de estar solo, en presencia de su madre quien está ahí para él. Si esta experiencia es insuficiente, el desarrollo del niño se puede ver afectado. Si ésta es suficiente, ello permite al niño adquirir progresivamente la capacidad de afrontar el mundo y su complejidad. Es uno de los aspectos del proceso de individuación que nos interesa particularmente en nuestro trabajo. Esta etapa de transición supone que la madre, el padre o la niñera que representa a los padres, están presentes para cuando el necesite de ellos, pero que ellos le permitan tomar los riesgos personales que implica el encuentro con el mundo exterior.

Por su lado, Françoise Dolto nos enseña que los niños pueden asumir, de acuerdo a su edad, separaciones de duración variable con las personas que ella llama tutores. La asistencia a una guardería, por el contacto que ofrece con otros niños, puede ser enriquecedora inclusive para un niño de corta edad. Pero el niño que llora los primeros días en la guardería, sufre y este sufrimiento es banalizado y considerado como inevitable. Numerosos son los padres que mencionan cómo sus hijos, en consecuencia, tienen un comportamiento excelente en la guardería y están hechos un demonio en casa (o viceversa). Esa es ya una señal de que algo falló en los primeros pasos hacia una vida en colectividad, se trata de una escisión en el ser del niño (lo que podría contribuir a la constitución de aquello que Winnicott llamó personalidad “como si” o falso- “self”).

Es por eso que La Maison buissonnière se considera como un coadyuvante útil para todos los organismos de servicio de guardería colectivos. Los niños se preparan aquí para relacionarse con otros niños y aprovechar óptimamente lo que una guardería puede ofrecerles.